Largo y tendido he escrito sobre la importancia de los abuelos en la vida de los nietos. Y también sobre la importancia de los nietos en la vida de los abuelos.
Pero esta vez me nace escribir sobre la experiencia vital, y necesaria, de recibir la visita de los padres a sus hijos emigrados, allí donde estén, al menos una vez en la vida.

Cuando me fuí la sensación de mis padres era que me iba a Marte. Me iba a un territorio desconocido, a un sitio imposible de llegar, de alcanzar, de imaginar.

En los años siguientes, cada vez que visitaba a mi familia la sensación era que salía escupida desde algún punto inimaginable del universo sideral. Venía de ese otro planeta desconocido. Por mucho que intentaba transmitirle a mis padres mi día a día, los nuevos espacios que habitaba, la nueva cultura que conocía, los nuevos amigos que sumaba a mi vida no llegaban a visualizarlo.

Ellos se sentían realmente contentos de mi nueva etapa pero las despedidas se hacían por momentos insoportables. Seguían sin “ver”, sin imaginar a dónde volvía. Barcelona estaba en otro planeta sin dudas mucho mucho más lejos que al otro lado del charco.

Cuando me subía al bus para ir camino al aeropuerto tenía la sensación, mirándolos desde mi ventanilla, que era una astronauta en la punta del cohete a punto de despegar rumbo a Marte.
La sensación de mis padres era de que jamás podrían conocer donde vivía (aquí cabe hacer un paréntesis para ilustrar que hace 10 años atrás mis padres no tenían móvil, vivían en el campo y cuando lográbamos comunicarnos era por poco tiempo porque se cortaba la comunicación o simplemente aquellas tarjetas para hablar al extranjero no daban 100 minutos como prometían sino apenas unos 20, o a lo sumo 50 minutos, ni uno más y tantos menos).

Un buen día mis padres devinieron abuelos. Nacería Ailin, la primera nieta y mi primer hija.
Mi madre se lanzó entonces: venció los miedos, venció a su universo interior de los imposibles (económicos y culturales), y se subió a la misma nave espacial que yo. Hubo un antes y un después en el mismo instante que ella bajó del avión.
Habían pasado 4 años desde que me había marchado. Era poco tiempo, pero como explicar mi sensación al ver a mi mamá en el aeropuerto. Como explicar la sensación de mi mamá al llegar a mi casa, conocer el súper al que cada día iba hasta 5 veces, verme de repente embarazadísima, conocerme en mi versión independiente, con mi vida, mi casa, mis amigos…

De repente todas las distancias se acortaron y no estaba en Marte, estaba a “tan solo” 12 horas de avión.
Mi mamá a partir de aquel viaje no me extraño menos, pero me entendió más, me apoyó más.
Y esa eterna melancolía, esa nostalgia la pudo convertir en otra cosa, porque estaba más cerca. Porque cuando hablábamos por telefóno y le contaba donde había ido a pasear, ella podía verlo también. Cuando le contaba que había estado con Julieta, ella le mandaba saludos.

A raíz del primer viaje de mi mamá y de los siguientes que hizo finalmente se animó también mi papá y cumplió la eterna promesa que me había hecho.

Mirando juntos un atardecer me dijo: “Te prometo que no moriré sin conocer donde vivís, donde sos feliz”. Y entonces 14 años después de aquella promesa vinieron mis padres. Como expresar mi alegría si solo escribirlo me hace llorar… 

Tantos años me visualicé paseando con mis padres por Barcelona, cocinando para ellos, (y odio cocinar). Me vi tantas veces tomando mates en mi balcón con ellos. Tantas veces… y el día llegó, mi padres aparecieron…
Y pasó lo mismo: mi papá conoció mi vida, y se fue feliz, y no solo eso, sino que ya planea tal vez volver.

Se dió cuenta que viajar no es de ricos, no es de iluminados, no es imposible, sino todo lo contrario: viajar te llena el corazón, te abre la mente, te aliviana, si se trata de ir a ver a su hija, a conocer de verdad como vive su hija, como es en su versión mamá y adulta, como viven sus nietas adoradas en “su hábitat” del que tantas veces le hablaron cuando fueron a Argentina. Como es la escuela de la que tantas anécdotas le contaron…
Se dió cuenta, VALE LA PENA, que no es pena, sino felicidad, realización…plenitud. 

Hace apenas una semana se acaba de marchar mi suegro. Pasaron 18 años pero al fin se animó y vino, y otra vez la felicidad no cabía en nuestros corazones y, lo sé, con este viaje sanó un poco el alma.

Cuando nuestros padres vienen a vernos tengo la sensación que volvemos a ser un poco niños porque volvemos a pasar tanto pero tanto tiempo juntos, hablamos tanto pero tanto…reímos.. nos abrazamos mucho, conscientes que estamos en un espacio neutral, diferente y lejos de nuestra infancia pero dentro, bien dentro de ese vínculo visceral de ser padres e hijos. 

Por eso necesitaba escribir este post, porque puede que lo lea alguien que tenga a sus hijos lejos, puede que esos hijos no se animen a insistir, o que los padres no entiendan por que insisten tanto.

Visitar a los hijos emigrados es sanador, es reparador y tremendamente reconfortante. Refuerzas tu vínculos, si cabe, aún más y con otra luz. Y no se trata de un imposible (económicamente hablando) sino de prioridades: mis padres son un ejemplo de ello. 

¡Así que vuela! que el planeta esta bien comunicado, y por supuesto guarda cada instante de este viaje en fotos!  =)