¿En qué momento dejamos de ver a nuestros hijos pre-adolescentes de la manera que les mirábamos de pequeños?

Este era el planteamiento que hace unos días leía en un librito que os recomiendo si tenéis hijos pre o casi pre-adolescentes, (como en mi caso) se llama Respirad, de Eline Snel. En este pequeño gran librito la autora planteaba este cuestionamiento partiendo del recuerdo de esos días en los cuales podíamos pasarnos largos minutos mirándolos dormir, o acariciándoles suavemente el rostro sin preguntarnos nada más, simplemente disfrutando de esos instantes.

Me quedé pensando en este planteamiento. Quizá cuando los hijos comienzan a crecer pensamos que el estar observándoles y simplemente disfrutar de ello es como una invasión. Sentimos que la adolescencia nos aleja, lo cual es cierto. Pero también nosotros dejamos de “verlos” de esa manera especial. Preste entonces atención a mi comportamiento, si bien soy muy cariñosa con mis hijas, es verdad que las voy dejando de ver como peques que también está bien, porque ya no lo son.

Por momentos se me desdibuja ese vínculo de fragilidad y protección, ya sea porque las discusiones se van haciendo más frecuentes, y una charla que comienza tan normal y apacible puede acabar inesperadamente en un portazo. Estos gestos van haciendo mella en la idea y percepción de que ya están irritables y lejos. Lo cual hace que también inconscientemente me vaya alejando.
Sin embargo hay momentos en los cuales es mi hija que se acerca porque sí, para abrazarme y buscar ese contacto, ese vínculo. Es ahí donde se presenta la oportunidad de reconectar, reconstruir, revalidar.

Es entonces cuando puedo ver y sentir realmente esa vulnerabilidad de la cual tanto nos hablan los expertos, esa confusión, ese no saber qué hacer y qué no hacer.

La naturaleza es sabia, es lo que pensé la última vez que me permití observar a mi hija más allá de sus largas piernas, de sus brotes emocionales que dejan las puertas temblando. Aún la naturaleza me regala minutos en los cuales estar las dos escuchando música y encontrarnos sin hablar, sin pensar, sin prever, Estos instantes  refortalecen y solidifican nuestra relación.

Voy aprendiendo que en esta nueva etapa no siempre debemos hablar, no siempre debemos escuchar, sino que por sobre todas las cosas debemos SENTIR y dejar que sean ellos con sus gestos quienes nos guíen y actuar en consecuencia. En el silencio compartido también se hallan las respuestas.

Gracias por compartir tu experiencia, es una etapa tan especial, tan nueva… Si este post te ayudó, o crees que puede ayudarle a alguien, comparte! =)