Llegamos a Marrakech sobre las 22:00, no conocía la ciudad. Nada más bajar del coche que nos llevaba al hotel sentí un aluvión de emociones. Las calles estaban llenas y en plena celebración del Ramadán. Muchos nos sonreían al pasar:  Españolas verdad? Es increíble como conocen la procedencia de los turistas, aún sin escucharnos hablar. Todo ese ajetreo transcurriendo en las calles a media luz hizo que por un breve instante sintiese una cierta similitud con latinoamerica, por la alegría de su gente, el correr libre de los niños…por el bullicio humano más que el mecánico de nuestras ciudades.

Todo en Marrakech me habló de sinergias. Las cuales pude ver en el entretejido social y cultural, en la belleza y sutileza de su arquitectura, que puede estar abandonada en ocasiones pero su autenticidad sigue intacta. Sus colores, su siempre perenne intensidad.

Me llegaron también los gestos de dulzura que a lo largo de las 24 horas transcurridas y recorridas he visto de los padres hacia sus niñas. Estos gestos contradecían los prejuicios que muchas veces nos hacemos en torno a los hombres árabes. Les vi delicados, atentos. Me pregunté entonces como sería la intimidad de esa familia en el interior del hogar, con la mujer sin telas tapándole el rostro. Son tantas las dudas que tengo al respecto. Dudas que me generan la imperiosa inquietud por conocer la vida cotidiana de una cultura que a primera vista se me muestra diferente, llena de contrastes que en mi mundo occidental no siempre soy capaz de percibir.

Vi las sinergias sociales de Marrakech como una rica red de interrelaciones personales.

La vida en Marrakech transcurre ajetreada y a la vez lenta, entre charlas diversas desde una tienda a la otra, y siestas intermitentes de sus comerciantes. Me llamó mucho la atención las sinergias que se generan en torno a los intereses comerciales de unos y otros. En cada esquina hay algún centinela dispuesto a guiarte hacia el local que necesites ya sea para comer o de artesanos trabajando. Si te dejas llevar parece que vas de liana en liana entre pasadizos llenos de objetos de diversos colores, entre tanto frenesí de carros, motos, bicicletas y rodados varios. Los turistas se dejan guiar aunque con cierta reticencia, desconfían constantemente, incluida yo. Experimentar tanta desconfianza no me gustaba, y a la vez se hacía inevitable, me costaba entender los códigos, las miradas, la amabilidad. Me pregunte entonces si no será que en mi burbuja de grandes comodidades no estaré ya demasiado aislada de los que me rodean.

Por la noche, cuando la vida retomaba su pulso y salía todo el mundo fuera a celebrar el Ramadán, aparecían ellas tapadas de pies a cabeza y se sentaban en el medio del mercado a ofrecer el servicio de pintura de manos a las turistas. Me resultaba tan inquietante la imagen de la mujer musulmana con la occidental, sentadas frente a frente, tan distantes la una de la otra, pero ahí estaba el arte que las acercaba aunque sea de manera fugaz. Me hubiese gustado acercarme y pintarme también la mano pero no por el ritual en sí, sino por intentar al menos conversar con alguna de ellas, conocerlas… verles el rostro, aunque sea a través de las palabras.

Lo más cerca que pude estar de una de ellas fue en el hotel en el que estuve. Se llama Melika, fue quien nos fue a buscar al coche y nos acompaño a la vuelta al mismo coche que nos llevaba al aeropuerto. Melika era callada, tímida, pero tenía tanta mujer guardada dentro, apenas cruzamos palabras con ella dada nuestra limitación lingüística pero al irnos todas necesitamos darle un abrazo. Un abrazo que más que de persona a persona fue de mujer a mujer, más allá de las “diferencias” obvias y las aparentes, más allá de la cultura en la que cada una creció… nos encontramos en el abrazo, el saludo fue sincero, sentido, y en mi caso me dejo aún más fuerte la inquietud por conocer más, hablar más, acercarme más… sentir más… y por cada acercamiento derribar un prejuicio.. Porque en la mirada, en el abrazo y dulzura de Melika pude sentir que hay mucho más que una vestimenta que cubre un cuerpo, una creencia, una cultura, hay una mujer que vive como yo, solo que con otros matices los cuales me encantaría poder descubrir…

Marrakech me dejó el corazón entretejido de estas sinergias profundas, complejas y milenarias. Me las traje para intentar asimilarlas en la pulcritud de mi mundo occidental.

Aquí puedes ver las fotos de Marrakech?