Hace unos días estuve de visita en Roma. Ciudad que me ha enamorado de una manera muy especial. He sentido muy profundamente eso de: Roma la ciudad eterna.

Sentí la necesidad de escribir mi experiencia personal. Mi sensación respecto a los demás turistas. Sinceramente me he quedado algo triste por momentos. Es increíble la frivolidad con la que muchos caminan por las calles de la propia eternidad como es Roma. Es increíble cómo la tecnología a veces nos insensibiliza, nos convierte en una especie de robotitos que van recolectando selfies por todas partes, más no cultura, sensaciones, emociones.

Sitios emblemáticos como el Coliseo, pasan así inadvertidos, he presenciado verdaderas competencias para ver quien se sacaba el mejor selfie, sin parar ni por 30 segundos a observar, a sentir… Importan las fotos mucho más que el lugar y lo que este significa.

El extremo total me lo encontré en la Capilla Sixtina, dentro de la misma no se puede tomar fotografías ni siquiera con móviles. Tampoco se puede hablar.

Quede sorprendida de ver a las personas tan perdidas, la mayoría tenían que reprimir constantemente el gesto inmediato de tomar la foto, y lo que prácticamente nadie respetaba era el pedido de silencio. Por lo que visitar la Capilla Sixtina se convierte en un concierto de “silencio por favor” “silence Please” “silencio per favore” todo el tiempo, cada 2 minutos aproximadamente. Algo que podría ser un momento especial de admiración hacia una obra de arte de semejante importancia, se convierte en un trámite frívolo, pasajero. Muchos se sentían frustrados por no poder hacerse la selfie de rigor.

Esta experiencia me dejó reflexionando sobre la fotografía como tal, sobre ¿qué queremos fotografiar en realidad cuando fotografiamos algo? todo un tema que le estoy dando vueltas desde que volví de Roma.

Mi recomendación personal es que si visitas una ciudad como Roma, no te apresures en tomar fotografías. Llevate Roma dentro el alma, (esto para quienes apreciéis la historia de Roma claro) Mi sensación es que tanta inmensidad, tanta historia no se puede guardar así tan apresuradamente en una foto. Primero se ha de sentir, ¿qué nos llega?, ¿qué nos gusta?,¿qué nos transmite?. Y luego hacer alguna foto… Son tan inmensas las obras de Roma, tan eternas, tan significativas. Hay tanto en sus calles, en el ambiente mismo, en la cultura, en sus ciudadanos.

Definitivamente Roma es una ciudad para palpitar, y recorrer de extremo a extremo sin tanta prisa y con el “dejarse llevar” como el mejor guía de todos.